De pronto se encuentra de nuevo fuera, ante una puerta exactamente igual que la anterior. Abre y ve la misma mesa, los mismos manjares, las mismas cucharas de mangos larguísimos. Pero allí nadie grita ni sufre; parece haber una gran felicidad. Mira a aquellas personas y se da cuenta de que, como la longitud de las cucharas no les permite alimentarse por sí mismos, se están dando de comer unos a otros. Ese lugar, le dicen, es el cielo.
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23 de marzo de 2009
El cielo y el infierno
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